Las estrellas tienen otros planes: Un parto en NYC en pleno Covid19.

Las estrellas tienen otros planes: Un parto en NYC en pleno Covid19.

Por: Ana Fierro. (@anafierroo)

Nunca lo voy a olvidar. Estaba de viaje, era un lunes 15 de Julio cuando descubrí que estaba embarazada. La emoción no podía ser mayor. Era un bebé muy buscado y esperado: después de someternos a un tratamiento de infertilidad por una condición llamada “amenorrea hipotalámica”, por fin había logrado embarazarme.

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Mi embarazó fue increíble. No mentiré, los primeros meses me sentía fatal, todo me daba asco y tenía nauseas el día entero, como le pasa a la mayoría de las embarazadas. Sin embargo, en general, fue maravilloso. Fui feliz esos nueve meses, aprendí, quizás por primera vez, a apreciar y querer a mi cuerpo, me sentí plena, llena de energía, pude hacer ejercicio prácticamente todos los días durante los 9+ meses de embarazo, hasta el día que me fui al hospital. En fin, fue una etapa mágica de espera e ilusión.

Muy en sintonía con mi personalidad tipo A, me preparé para el parto como una alumna estrella en la escuela: leí blogs sobre qué comer y cuándo para cada etapa del embarazo, incorporé ejercicios en mi rutina para fortalecer partes del cuerpo esenciales para un buen parto y recuperación, me volví experta en hormonas, estudié todas las etapas del embarazo y fases del parto, me sabía de memoria todos los tips y consejos para inducir naturalmente el trabajo de parto e incluso insté a CH –mi esposo– a tomar tres cursos diferentes de preparación para estar cien por ciento listos cuando llegara ese momento, momento que siempre vi con emoción y hasta con adrenalina, pero nunca con miedo. 

CH y yo llevábamos ya casi seis años viviendo fuera de México, cuatro en Nueva York. Sabíamos que nuestra vida iba a dar un giro de 180 grados con un bebé, que nuestros días de salir felices a los bares de Manhattan a las cuatro de la tarde y regresar a la mañana siguiente estaban contados. Para todo eso estábamos listos, lo que nunca vimos venir es lo que realmente ocurrió. 

Llegó Marzo y con él, la cuenta regresiva para la llegada de Ziggy, nuestro bebé. Estábamos en un partido de los Nets en Brooklyn cuando unos amigos comenzaron a cancelar planes por “unos cuantos casos” de COVID-19 que acababan de descubrir en Nueva York. CH y yo los descalificamos: qué exagerados, la influenza AH1N1 en México fue peor y nadie se había puesto así.
El 13 de marzo, a una semana de “mi fecha estimada” de parto, nos avisaron en mi oficina del primer caso de COVID. Responsablemente, tomé la decisión de dejar de ir a trabajar, a pesar de que “mi plan ideal” siempre fue seguir yendo al trabajo hasta el último día. Inclusive ese día seguía tranquila, el doctor nos había dicho que no había de qué preocuparnos. Sin embargo, las cosas empezaron a cambiar rápidamente. En cosa de uno o dos días los casos se multiplicaron exponencialmente y, para el 16 de marzo, la ciudad de Nueva York cerró por completo. 

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Las oficinas mandaron a todos sus empleados a trabajar desde casa, restaurantes, gimnasios y establecimientos comerciales cerraron y comenzaron las restricciones de viajes. Los hospitales comenzaron a llenarse y mi emoción por que naciera Ziggy en cosa de cuatro días se transformó en urgencia, ansiedad y varias noches sin dormir.

Pasaron los días, las cosas seguían empeorando y Ziggy nada más no quería llegar. Pasó su fecha, 21 de marzo, y nada. En esas dos últimas semanas de espera, mi cabeza y mi cuerpo querían explotar. Me sentía sofocada por la presión del mundo externo preguntando, cuestionando, alarmando. Estaba desconcertada por la incertidumbre.

Me sentía dividida entre la angustia y ansiedad de la situación, por un lado, y, por el otro, mi propio esfuerzo subnormal por mantenerme tranquila, por confiar en el proceso, por estar en calma y darle a mi bebé lo que cualquier bebé merece: nacer en un ambiente de armonía, de gozo, de felicidad y asombro, y no en un clima de caos y miedo, en un escenario que pareciera vilmente sacado de una novela distópica. 

El 25 de marzo el doctor nos avisó que los hospitales habían prohibido el ingreso de parejas al parto, que no dejarían entrar más que a la mamá al hospital. Iba a tener que tener a Ziggy sola. Al escuchar la noticia, CH se quedó mudo, helado; yo no podía parar de llorar. Jamás esperamos algo así. Siempre te dicen que en un parto las cosas nunca salen como las planeaste, era lógico suponer que no iba a salir exactamente como yo quería. Pero esperaba una cesárea como máximo factor de cambio, no esto, nunca esto. Mi sentimiento nunca fue miedo por mí, en ningún momento dudé de mí misma y mi capacidad para tener a Ziggy sola, pero no podía con la idea de que CH se fuera a perder un momento tan importante en su vida. Ese momento que llevábamos esperando años, que habíamos añorado y buscado juntos con tantas ganas, tanto tiempo, no íbamos a poder compartirlo. Nos habían robado ese momento. Qué injusto. 

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El viernes 27 de marzo me desperté con cólicos. Había pasado la noche con dolor, pero nada del otro mundo. Salí a pasear a mi perro a Central Park, caminamos un buen rato, regresé, me bañé, desayuné y salimos CH y yo rumbo al doctor a una consulta de rutina. En el taxi el dolor comenzó a ser más marcado y nos quedó claro que algo comenzaba a pasar. Al llegar al doctor, tenía ya 7 cm de dilatación. El doctor, CH y yo caminamos unas cuantas cuadras del consultorio al hospital. En la puerta nos abrazamos CH y yo y nos despedimos. Entré al hospital ya casi sin poder hablar del dolor, sin maleta, sin ni siquiera cartera, pero lista para lo que venía. 

El parto fue extraño gracias al contexto tan sui generis: estaba yo sola en el cuarto, el doctor y las dos enfermeras con máscaras entraban y salían, el ambiente se sentía muy tenso. A pesar de todo, fue un parto ideal y muy rápido. CH estuvo conmigo todo el tiempo por Facetime y en pocas horas, nació Ziggy. Por fin estábamos juntas y todo estaba bien, ya nada más importaba. Al día siguiente nos dejaron salir del hospital y CH fue por nosotras. Nunca voy a olvidar su cara cuando la conoció. 

«Ahora lo veo ya como una historia lejana aunque haya pasado hace menos de dos meses. Mi historia será una más de las miles que saldrán de este momento histórico tan extraño y tan particular que estamos viviendo. La ciudad sin duda es otra, y nosotros también.«

¿Qué aprendí de todo esto? Aprendí a tener paciencia, corroboré y afiancé esa confianza en mí misma y en mi cuerpo que fui descubriendo a lo largo del embarazo; la vida volvió a enseñarme que por más control que yo quiera e intente tener sobre las cosas, los planes del universo son otros y no nos queda más que fluir con él y confiar, sólo confiar. 

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